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EJÉRCITO DE CHILE O EJÉRCITO DE LOS CHILENOS?

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Uno, el Ejército de siempre, cuya existencia dispone y regula la Constitución y la Ley. El otro, el que cada cierto tiempo se nos aparece. Pocos se han dado cuenta que, para bien o para mal –es muy pronto para saberlo–el “Ejército de Chile”, hace unos años comenzó a mutar hacia el “Ejército de los chilenos”.

Atrás ha ido quedando ese ejército romántico, ese que estaba cargado de antiguos ritos y tradiciones militares. Un ejército donde el valor de un reconocimiento, una felicitación, un diploma, un galvano, una medalla o una condecoración, era la mayor satisfacción y el símbolo del deber cumplido.

Una profesión, donde la camaradería, el código de honor y el compañerismo se practicaba intensamente, como un pilar fundamental del respeto, la disciplina y la obediencia. Era el Ejército de los cantos militares, de los himnos y las poesías que emocionaban hasta las lágrimas (lamentablemente, algunos, creían que el Ejército era solo eso). Una institución donde la vida giraba en torno a los cuarteles militares marcados por un profundo interés de servicio a la patria y, sobre todo, una profunda y gran vocación. No un instrumento para lograr un salto social.

Una época en que poco y nada sabíamos de las virtudes militares, pero las practicábamos siguiendo el buen ejemplo de la mayoría de nuestros superiores. No necesitábamos que nuestra conducta fuera reforzada con manuales de ética ni menos que nos sometieran a procesos de seguimientos psicológicos o detectores de mentiras para poder optar al mando de una unidad militar. Sabíamos perfectamente –por sentido común– a quien seguir y a quien no.

Eran los tiempos en que el cuidadoso respeto entre superiores y subalternos no daba cabida a relaciones prohibidas. El sentido común y el voluntario acatamiento a la reglamentación interna, impulsaba a proteger y cuidar el orden establecido.

Un tránsito, lento pero efectivo, hacia el “Ejército de los chilenos”. Un Ejército más ansioso que dubitativo, por impregnarse de todo aquello que diluya la disciplina, la verticalidad del mando, el conducto regular, la camaradería, el compañerismo y el respeto por las tradiciones militares. Hoy los galvanos, los diplomas, las medallas, las estatuillas del patronímico de la unidad, son obsequios vedados para quienes se destaquen es sus respectivas unidades. Un apretón de mano y un abrazo será suficiente. Nada queda, todo es fungible.

Cómo envidio al Partido Comunista de Chile. Este año 2018, al cumplir sus 106 años de existencia lo celebraron en grande, con la entrega de medallas. Al igual que ese antiguo “Ejército de Chile”. Nosotros nos vamos olvidando de las tradiciones y ellos, además de mantenerlas, las refuerzan. Y sus medallas y condecoraciones, nadie les impide o les impone que no las usen. Ellos y la sociedad política de todos los colores, impidieron y apoyaron todas las iniciativas para que nosotros no usáramos la medalla 11 de septiembre.

Para aquellos que, en algún rincón de sus casas, aún tienen su “altar de los recuerdos militares”, aunque sea en un baúl y a veces, a escondidas de la señora –porque no combina con la decoración– no lo regalen, no lo voten, no lo vendan. Es el más preciado tesoro que puede tener un militar. Cada uno de esos objetos, cada una de esas fotos, cada una de esa medallas o condecoraciones es el vivo recuerdo de diferentes etapas de nuestra carrera militar. Objetos que cada día serán más escasos y más apreciados.

Con el tiempo, pareciera que las Fuerzas Armadas se hacen, cada día, más permeables al materialismo y al individualismo. Ahora sus jóvenes integrantes quieren saber cuánto ganan y en cuánto aumentará el sueldo con tal o cual destinación. Son los nuevos tiempos, ese es el “Ejército de los chilenos”, un ejército donde las virtudes militares son puestas a prueba constantemente. Un Ejército donde su personal se podría tentar o conformar con ser sólo ocupacional o menos vocacional. Algo que todos saben y de lo que muchos se quejan. Especialmente los mandos, pero pocos se atreven a exigir.  Para algunos mandos, enfrentar esas situaciones de relajamiento de la disciplina y las virtudes militares, es solo sinónimos de sumarios, problemas, demandas o acusaciones. Les recuerdo a los más tímidos en aplicar la disciplina, que la tenida de Oficial y Suboficial que se confecciona en la Sastrería de la Escuela Militar y en la Escuela de Suboficiales, es completa. Incluye el pantalón. También hay tenidas con faldas, pero esa es para el personal femenino.

Al respecto hay dos cosas que un militar nunca debiera perder de vista. Primero, hacerse responsable de sus acciones, con todas las consecuencias que ello signifique, para bien o para mal. Segundo, en su nivel, tomar todas las medidas disciplinarias contra quienes se aparten del “deber Ser” de la profesión militar o se vean envueltos en situaciones que atentan contra el principal bien a proteger: “El Ejército de Chile y su Comandante en Jefe”.

Son los tragos amargos que cada uno –en su nivel de mando– se debe tomar, para evitar los perentorios e irreglamentarios plazos del Ministro de Defensa, como con lo ocurrido recientemente en la Escuela Militar.  Me pregunto qué sucedería si el Ejército se demora 25 y no 24 horas en investigar lo solicitado. Supongo que sabrá de que está tratando con líderes y comandantes que por muy equivocados que puedan estar, merecen un trato digno y responsable. Supongo que sabrá que aún hay algunos que aplauden lo sucedido y otros no están de acuerdo. Los golpes de timón son efectivos para los veleros, no para el Ejército. Una institución donde lo más sensible es la moral de sus hombres y mujeres. Si no lo sabe señor Ministro entonces, una vez más está mal asesorado.

 Estamos claros, todos queremos tener un solo Ejército, el Constitucional, aunque la historia nos enseña y nos deja experiencias que no deberíamos olvidar. Para la sangrienta y cruel Revolución de 1891 tuvimos dos ejércitos. Creo que es el más claro y duro de los ejemplos. También, después de aquello, en 1924 tuvimos los “Ruidos de Sables” y en 1932 la “República Socialista”, apoyada por la Fuerza Aérea, que en ese entonces dependía del Ejército. Pero no vayamos tan lejos. El año 1969 tuvimos el “Tacnazo” y en junio de 1973 el “Tanquetazo”. Ahí también hubo dos ejércitos. Los constitucionalistas y los rebeldes o exaltados. Algunos ya estarán pensando ¿Y el 73? Para mí eso fue una guerra irregular, por lo mismo no lo considero.

Tristes recuerdos de épocas muy difíciles. Pareciera que realmente tenemos dos ejércitos, uno constitucionalista y otro que cada cierto tiempo se sale de la constitución. Algo que ocurre porque siempre hay alguien o algo se ha encargado de dividirnos. Sutil y silenciosamente. Son aquellos que ven más allá del presente. Trabajan a futuro, aunque no vean los resultados. Son los encargados de destruir y desestabilizar las instituciones de las Fuerzas Armadas, entre otras. Todo lo que está establecido hay que ponerlo en duda, desnudarlo y exhibirlo en una vitrina para que la sociedad lo insulte, lo odie lo humille y si es posible lo escupa. Ese es su trabajo y los inocentes ingenuos de siempre no ven ni están interesados en ver más allá.

Por lo mismo, la máquina de guerra comienza a rechinar y cada vez con más fuerza. Una situación que no se puede solucionar solo con apretar una tuerca. Hay que ser más sensible. Esa máquina tiene alma y corazón. Es una situación que debe ser analizada y asumida. Existe, está ahí.

Hoy la existencia de esos dos ejércitos podría estar marcado –Dios quiera de que esté profundamente equivocado– por la relativización del “Deber Ser” y del Ethos de la Profesión Militar. Soluciones hay muchas, ninguna a mi alcance ni al alcance de quienes ya no estamos en el Ejército. Solo esperamos que en el futuro, todo lo que se haga sea para fortalecer la existencia de un solo Ejército. Perfectamente podría ser el “Ejército de los chilenos”, pero sin abandonar la carga histórica, tradicional y virtuosa del “Ejército de Chile”.

Pareciera que la solución no está en poner más atención a los tanques ni en los cañones del Ejército.  Está en poner más atención a la formación de sus integrantes, en el cumplimiento de las órdenes, en la estricta disciplina, en el respeto a la verticalidad del mando y del conducto regular. Está en la rectitud de sus mandos y la calidad de sus comandantes para exigir y hacer cumplir lo que la reglamentación militar dispone. Nada más, ni nada menos: Predicar con el buen ejemplo. Ese que convence y arrastra.

Dejemos atrás los “Yes man”, que tanto daño le han hecho al Ejército y sus mandos. Sancionemos moral y disciplinariamente a quienes entregan información confidencial a los medios de comunicación, incapaces de exigir soluciones a través del conducto regular que corresponde. Son los que prefieren que las cosas malas se sepan por otros, no por ellos. “Dile tú de parte mía pero como cosa tuya”. Que mejor comentario de pasillo, ese que se escucha murmurar a algunos subalternos para referirse a un comandante timorato. Los mismos que consultan todo a su escalón superior y no resuelven nada.

Son los faltos de carácter para enfrentar con hombría situaciones que no corresponden. Los mismos que solo quieren hacer lo justo y necesario. Los que no encienden el cálifont para no quemarse. Esos que no despliegan iniciativa, porque “trae envidia” o significa más pega. Son los mismos incapaces que no pueden lograr el éxito de la persona envidiada. Son los que le tienen miedo al “celo profesional” de sus subalternos o subordinados.  

De todos esos, ¡no necesitamos ninguno!

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